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ELITIZAR EL BIEN COMÚN

Está de moda la comida. Chefs que ejercen de celebridades, gourmets que brotan del asfalto, canales de televisión exclusivos, coleccionables de cocina hasta en la sopa, paquetes de etnoturismo…

Y detrás de todo ello, en ese espacio global donde se cocina la tragedia del fin, un inédito ejercicio de desregulación. Transgénicos, pesticidas, cultivos extensivos, y todo sazonado con ese despliegue impune del valor de cambio frente al valor uso.

CONSUMIR COMO ACTO POLÍTICO

Los tomates, el arroz, los cereales que nos comemos se despiden afligidos de los tranquilos valles donde se habían conservado por milenios, y saludan a los camiones que los llevarán hacia esa cadena de montaje para ser producidos a gran escala, empaquetados siendo idénticos unos a otros y enviados a todo el mundo con unos costes empresariales mínimos. Y detrás de todo ello, explotación laboral, derroche energético y enfoques agrícolas profundamente insostenibles.

El buen hacer milenario, la soberanía alimentaria, el saber común imaginado durante miles de años descuartizado por la agenda comercial de unas multinacionales agro-bio-tecnológicas que campan a sus anchas, vorazmente, por el nuevo espacio económico desnacionalizado.

CONSTRUÍR RESISTENCIAS PRÁCTICAS

Y en este contexto hostil se nos impone la necesidad de preservar y rehacer lo local, el tejido social, los ritmos de vida acordes con los ciclos naturales, las singularidades culturales de las regiones, los paisajes, los alimentos…

Y por eso La Repera, una frutería inusual que nace voluntad transformadora. Democratizar el placer sensorial del buen comer, ofrecer salud, afirmar relaciones de apoyo y confianza entre consumidores y productores, y hacer del mercado de nuevo, un espacio de encuentro y cohesión. Un espacio hábil para la vida social, el esparcimiento y el disfrute del espacio público. Un barrio de personas y para las personas. Sabrosa utopía.